La felicidad que me había producido la sonrisa eterna de Andy se estaba esfumando y no sabía por qué. Los días de bienestar interior fueron largos y muy buenos, pero estaban agotando su vida útil. Necesitaba un alma que estuviese conmigo y compartiera mi dolor. Necesitaba alguien sobre quién descargar la furia de Alfred de otra manera. Acompañado sería mucho más fácil de soportar. Recordé que un tiempo atrás tuve a esa alma a mi lado, pero en un arrebato de locura incontenible le arranqué los ojos mientras dormía en mi sofá. Todavía guardaba esos ojos que tanto amaba en un lugar muy seguro. Fui a buscarlos con la esperanza de que su contacto devolviera algo de eso que había perdido aquella noche. Me di cuenta de que la extrañaba, Alfred también sufría su ausencia a su manera. Ambos estábamos pudriéndonos de a poco sin su compañía. Fue con ese sentimiento de abandono que decidí hacer algo al respecto. Iba a crearme un alma para que me acompañara. Y ya sabía cuál sería el envase.
Hacía unos días Male me había estado mostrando un poco de su ser interior, me dejó saber que ella también tenía una persona así, pero que la había dejado de lado, por así decir. Mi móvil. Yo necesitaba a mi alma compañera. Mi motivo. Pactamos que la pasaría a buscar por su casa e iríamos a la Capilla Buffo. Mi excusa. No preparé nada, quería que el nacimiento de mi alma gemela fuese espontáneo y puro. No llevé ningún arma de ningún tipo, quería que su nacimiento fuese artesanal. Fui a su casa.
Me estaba esperando, no me dio tiempo a frenar el auto que ya se estaba subiendo. Ella estaba ansiosa por irse. Yo estaba ansioso por crearla. Me dolió un poco tener que mentirle y decirle que debíamos ir a casa primero, después de todo iba a ser el contenedor de mi alma gemela. Llegamos a casa y la hice bajar con la excusa de que me ayudara a preparar un par de cosas para llevar. Todo se iba desarrollando fluidamente.
Mientras ella buscaba algo en la alacena, yo fui a buscar una soga. Silenciosamente me situé detrás de ella, estaba muy concentrada en lo que buscaba como para notarme. Doblé la soga en dos, en tres partes. Me enredé los extremos en las manos y levanté los brazos. Di un paso más, acercándome lo más posible a Male y la así por el cuello con la cuerda. Ella no entendía lo que sucedía, sólo sabía que debía salvarse. Yo sólo sabía que necesitaba un frasco para el alma que iba a crear. Pataleó y forcejeó un buen rato, más de lo esperado. Jadeaba fuertemente en busca de su preciado aire, pero éste no llegaba a sus pulmones gracias a mi cuerda. Luego de unos minutos de lucha, finalmente quedó quieta. Era el momento de crearla. Fui a buscar mis ojos, esos que contenían el alma que me hacía estar en paz. Los contemplé tiernamente, les sonreí. Pronto íbamos a estar juntos una vez más. Iba a reivindicar el error que había cometido al arrebatarle la vida sólo para saciar mi sed de aquella noche.
Tomé un cuchillo y, con cuidado de no rasgar los párpados, extraje casi con la precisión de un cirujano los glóbulos oculares de Male. Los miré con displicencia y los dejé a un lado, en el piso. El pulso empezaba a temblarme, estaba ansioso. Ya casi era el momento. Delicadamente, extraje del frasco los ojos de Guada. Más delicadamente aún, los introduje en las órbitas del cráneo de Male. No podía permitirme que esa alma se dañara de ninguna manera. Cuando terminé, observé con lágrimas de felicidad en mis propios ojos, que los suyos quedaban a la perfección albergados en las órbitas de Male. El momento se acercaba cada vez más. Fui apresuradamente hacia el baño. Una felicidad aniñada me llenaba de gozo. Volví con las tijeras en la mano. Me arrodille junto al cadáver de Male y empecé a darle forma a su cabello. Al cabo de pocos minutos tenía frente a mí una copia casi exacta de Guada. La levanté y la cargué hasta la habitación. La acosté tiernamente en la cama. Me retiré unos momentos a buscar algo esencial. Volví con una sonrisa en la boca y una polera violeta en las manos, la misma que ella llevaba puesta la noche en que la maté. Usaría la misma prenda al nacer que cuando murió. Al terminar de vestirla, contemplé mi creación. Su alma me miraba a través de sus hermosos ojos. Una vez más, tenía a mi lado el alma que una vez me comprendió. Y esta vez no me abandonaría jamás.
Desde el interior observan
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27.9.09
29.7.09
EineFrauleinStirbt
Hacía frío, mucho frío. El aire de afuera cortaba como una hoja de afeitar. Al más mínimo contacto con el aire un escalofrío recorría todo el cuerpo. Hacía mucho frío, pero nosotros no lo sentíamos. Nosotros no sentíamos frío en absoluto. La cama conservaba el calor de nuestros cuerpos y las frazadas no lo dejaban escapar, manteniéndolo en su lugar. Bajo las mantas habíamos construido nuestro mundo juntos. El calor de nuestros cuerpos hacía añicos cualquier rastro del frío. El abrazo eterno que nos unía mantenía a raya a toda intranquilidad. Book of the Month perfumaba el ambiente y hacía nuestro mundo aún más cálido. El perfume de la canción era dulce, dulce como nuestro abrazo. Todo estaba en su perfecto lugar, no había que cambiar nada. Yo estaba con ella en nuestro mundo, en paz. Y ellos... Ellos estaban en otra parte. No aparecían por ningún lado. Eso hizo el momento inmaculado.
El hecho de que ellos no estuviesen cerca me confió. Me confié y me dejé llevar por su beso. Y me olvidé de todo lo demás. Del frío, del perfume del tema, del calor, de todo. De todo menos de su cuerpo. Lo recorría suavemente con mis manos, acariciaba cada centímetro de su cuerpo como si fuese la última vez que lo haría. Recorría cada una de sus hermosas curvas con las palmas de mis manos. Dibujaba sobre su vientre con las yemas de mis dedos como Dalí dibujaba sobre su lienzo con sus pinceles. Su respiración y la mía estaban sincronizadas. Parecíamos un solo ser, inhalando y exhalando sistemáticamente. Las caricias nos unían cada vez más, nos fundían lentamente y la respiración era cada vez más armoniosa. Pronto, las caricias dejaron de ser suficientes y los besos comenzaron a emigrar de mi boca. Mis besos se deslizaban por su cuello como si fuese un tobogán. Se balanceaban en sus pechos, subían y bajaban y volvían a subir. Bailaban en la pista de baile de su vientre y corrían por sus piernas. Se mezclaban con el sudor producido por el calor de nuestro mundo bajo las frazadas. Mis besos se deshacían en los pliegues de su piel y se volvían a armar en donde ésta estaba tensa y tersa.
Para ese entonces ya me había olvidado de todo. Había olvidado quién había sido en el pasado, y no sabía quién sería en el futuro. El pasado se había esfumado y le futuro estaba destruido, sólo me quedaba mirar el presente. Así que lo viví como si fuese el único momento de consciencia que podía disfrutar. Disfruté su aroma, su calidez, su suavidad; disfruté su sabor, su movimiento, su fluir; disfruté su disfrutar. Así estábamos, amándonos, llegando al clímax de nuestro cariño cuando sentí el Frío. No podía ser posible, nuestro mundo estaba libre de frío… Pero aún así podía sentirlo, podía sentir como de a poco se iba filtrando por todos los lugares posibles. El Frío se abrió paso y congeló todo en un instante. Y una sombra se cernió sobre nosotros. Una sombra que yo ya conocía bien. Una sombra que me desplazó y que tomó el control de todo como ya lo había hecho tantas veces. Nuestro mundo quedó paralizado bajo las frazadas. El Tiempo dejó de correr. En ese instante en que todo se detuvo, un ínfimo e insignificante momento en la basta superficie del Tiempo, todo se fue al carajo. Enloquecí de repente, sentí el deseo de acabar con todo. Con su vida, con la vida de quién se cruzara en mi camino, hasta con mi propia vida. Todo debía acabar en ese preciso momento.
Seguí besándola. La besé en la boca para mantenerla distraída. Una de mis manos seguía acariciando su aterciopelada piel, mientras que la otra buscaba algo. Tanteaba nerviosa, buscaba, olfateaba como un sabueso. Estaba inquieta, no encontraba lo que buscaba. Seguí besándola y acariciándola. Seguí amándola, aunque ya no la amaba. Al fin, mi mano encontró su premio. El velador cayó de la mesa de luz tironeado por su cable. Rápidamente, mi mano demonizada enredó el cable en su perfecto cuello. El beso se cortó, la caricia se truncó, el amor se apagó. Sus ojos volvieron a la luz y su piel volvió al Frío lacerante de afuera. La calidez del mundo que habíamos construido se vio asfixiada por el frío de mi cable. Asfixiada al igual que ella. Mientras mi mano ceñía el cable alrededor de su garganta, ella indagó...
Fraulein – P-por q-que?
Frank – …
Alfred – Por que todo tiene que morir. Tengo que acabar con todo.
Fraulein – Y n-nuestro a-amor? N-nuestro m-mundo?
Frank – …
Alfred – También! Todo, todo tiene que morir!
Mike – Memento Mori...
Alfred – Y yo me voy a encargar de que todo muera!
Fraulein – P-pero y-yo... t-te a...
Y Alfred apretó del todo y la calló. La calló para siempre. Su reinado de terror y frío conquistó la calidez de nuestro mundo bajo las frazadas. Mientras Alfred reía su victoria, yo lloraba la muerte de mi Fraulein... Y Mike... Mike miraba en silencio con su sonrisa mortecina en los labios.
El hecho de que ellos no estuviesen cerca me confió. Me confié y me dejé llevar por su beso. Y me olvidé de todo lo demás. Del frío, del perfume del tema, del calor, de todo. De todo menos de su cuerpo. Lo recorría suavemente con mis manos, acariciaba cada centímetro de su cuerpo como si fuese la última vez que lo haría. Recorría cada una de sus hermosas curvas con las palmas de mis manos. Dibujaba sobre su vientre con las yemas de mis dedos como Dalí dibujaba sobre su lienzo con sus pinceles. Su respiración y la mía estaban sincronizadas. Parecíamos un solo ser, inhalando y exhalando sistemáticamente. Las caricias nos unían cada vez más, nos fundían lentamente y la respiración era cada vez más armoniosa. Pronto, las caricias dejaron de ser suficientes y los besos comenzaron a emigrar de mi boca. Mis besos se deslizaban por su cuello como si fuese un tobogán. Se balanceaban en sus pechos, subían y bajaban y volvían a subir. Bailaban en la pista de baile de su vientre y corrían por sus piernas. Se mezclaban con el sudor producido por el calor de nuestro mundo bajo las frazadas. Mis besos se deshacían en los pliegues de su piel y se volvían a armar en donde ésta estaba tensa y tersa.
Para ese entonces ya me había olvidado de todo. Había olvidado quién había sido en el pasado, y no sabía quién sería en el futuro. El pasado se había esfumado y le futuro estaba destruido, sólo me quedaba mirar el presente. Así que lo viví como si fuese el único momento de consciencia que podía disfrutar. Disfruté su aroma, su calidez, su suavidad; disfruté su sabor, su movimiento, su fluir; disfruté su disfrutar. Así estábamos, amándonos, llegando al clímax de nuestro cariño cuando sentí el Frío. No podía ser posible, nuestro mundo estaba libre de frío… Pero aún así podía sentirlo, podía sentir como de a poco se iba filtrando por todos los lugares posibles. El Frío se abrió paso y congeló todo en un instante. Y una sombra se cernió sobre nosotros. Una sombra que yo ya conocía bien. Una sombra que me desplazó y que tomó el control de todo como ya lo había hecho tantas veces. Nuestro mundo quedó paralizado bajo las frazadas. El Tiempo dejó de correr. En ese instante en que todo se detuvo, un ínfimo e insignificante momento en la basta superficie del Tiempo, todo se fue al carajo. Enloquecí de repente, sentí el deseo de acabar con todo. Con su vida, con la vida de quién se cruzara en mi camino, hasta con mi propia vida. Todo debía acabar en ese preciso momento.
Seguí besándola. La besé en la boca para mantenerla distraída. Una de mis manos seguía acariciando su aterciopelada piel, mientras que la otra buscaba algo. Tanteaba nerviosa, buscaba, olfateaba como un sabueso. Estaba inquieta, no encontraba lo que buscaba. Seguí besándola y acariciándola. Seguí amándola, aunque ya no la amaba. Al fin, mi mano encontró su premio. El velador cayó de la mesa de luz tironeado por su cable. Rápidamente, mi mano demonizada enredó el cable en su perfecto cuello. El beso se cortó, la caricia se truncó, el amor se apagó. Sus ojos volvieron a la luz y su piel volvió al Frío lacerante de afuera. La calidez del mundo que habíamos construido se vio asfixiada por el frío de mi cable. Asfixiada al igual que ella. Mientras mi mano ceñía el cable alrededor de su garganta, ella indagó...
Fraulein – P-por q-que?
Frank – …
Alfred – Por que todo tiene que morir. Tengo que acabar con todo.
Fraulein – Y n-nuestro a-amor? N-nuestro m-mundo?
Frank – …
Alfred – También! Todo, todo tiene que morir!
Mike – Memento Mori...
Alfred – Y yo me voy a encargar de que todo muera!
Fraulein – P-pero y-yo... t-te a...
Y Alfred apretó del todo y la calló. La calló para siempre. Su reinado de terror y frío conquistó la calidez de nuestro mundo bajo las frazadas. Mientras Alfred reía su victoria, yo lloraba la muerte de mi Fraulein... Y Mike... Mike miraba en silencio con su sonrisa mortecina en los labios.
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27.2.09
Perversión en la Pampa
Estaba entrenando en el gimnasio, hablando con los chicos, riéndonos de cualquier cosa, cuando entró ella. Mi discurso de detuvo. Mi mirada se clavó y la siguió por todo el salón. Enano rió solamente. Tata lo imitó.
Frank – Me mata, boludo, es hermosa
Tata – Es una muñequita
Enano – Esa es?
Frank – Esa es Pampita 1:8
Enano – Está buena
Frank – Tiene la cara de Pampita, bolo
Enano – Puede ser…
Tata – Ojo que se nos pone violín el Fran
Enano – Jajaja
Frank – No me lo digas dos veces…
Para qué!? Alfred estaba distraído en mi mente hasta que escuchó la palabra violín. Al instante vino a mi consciente.
Alfred – Qué dijeron por ahí?
Frank – Nada! No dijimos nada!
Alfred – Dale, si escuché bien que dijeron violín
Frank – Ahora también eso? No conforme con los homicidios ahora querés violar a Pampita 1:8???
Alfred – Jejeje. No te das cuenta de que represento tu Ello? Todos tus deseos ocultos e instintos representados por mí. Y yo te otorgo el placer de poder concretar esos deseos, de obedecer a esos instintos
Frank – No… No, eso no
Alfred – Tarde…
Después de eso perdí el control. No le pude quitar los ojos de encima en toda la tarde. En un momento vi que ella tenía dificultades con un ejercicio y me acerqué a ayudarla. Aproveché la oportunidad para entablar conversación. Averigüé que su nombre era Carola. También supe que vivía cerca de casa, lo cual fue el detonante que disparó a Alfred.
Frank – Uh, vivís re cerquita de casa
Pampita 1:8 – En serio? Qué casualidad!
Frank – Si querés después nos vamos juntos, te acerco con el auto
Pampita 1:8 – Dale, estaría genial, salgo re cansada de acá
Frank – Listo, nos vamos juntos
Alfred reía a carcajadas en mi mente. “Ya vas a ver qué bien la vamos a pasar”, rugió.
Al rato, cuando ya habíamos terminado el entrenamiento, nos fuimos. Subió muy confiada al auto, sin saber lo que le esperaba. Arranqué y me dirigí hacia casa. Cuando vio que no iba en el camino que me indicaba, empezó a inquietarse. “A dónde vamos?”, inquirió aterrada casi. “Ya vas a ver…”, fue mi respuesta, y le apreté la nuca dejandola inconsciente. Llegué a casa. La bajé dificultosamente y la llevé a la habitación.
Cuando despertó se encontró amarrada a la cama. No llevaba puesto nada más que la ropa interior. Yo, parado al lado de la cama, la miraba con lujuria. Ella empezó a sollozar.
Frank – Así lo hacés más interesante…
Carola – No me hagás nada, por favor. Por favor…
Frank – Vamos a ver…
Sus ojos miraron con terror desorbitante cuando la daba vuelta en la cama dejandola boca abajo. Busqué un cinto. Comenzó a llorar desconsoladamente, "No, por favor, no… no me hagás nada, por favor…”, suplicaba. Levanté el brazo que asía el cinto. De un relampagazo el brazo bajó, llevando consigo el cinto que chasqueó estridentemente en sus nalgas. Gritó de dolor y gritó de miedo. Una vez más se levantó el brazo, una vez más el relampagazo y una vez más el chasquido.
Carola – Basta! Por favor, basta!!
Frank – Dale, suplicá y llorá que así es más lindo
Dos veces más chasqueó el cinto en su piel. Mientras lloraba y pedía por favor la di vuelta otra vez. Acto seguido, salí de la habitación. Cuando volví, traía todos los elementos: cera caliente, un repasador y un cuchillo. Tomé el jarro con cera y empecé a verterla sobre su estómago, sus gritos eran como éxtasis para mí. Gritaba más por el pavor que por el dolor, pero era igual para mí en esas circunstancias. "Dale, gritá nenita, gritá”. Me complació un rato, yo la escuchaba. Después de sentirme satisfecho, improvisé con el repasador una mordaza sobre su perfecta boca.
El cuchillo se vio pegado a la palma de mi mano por la fuerza con que lo sujetaba. Empecé a dibujar sobre su cuello, su pecho y su vientre dibujos que sólo yo veía mientras sus lágrimas mojaban su pelo. De repente, icé el cuchillo sobre su cara, sus ojos se abrieron del todo ante la inminente caída del filo. Lo levanté aún más y con un súbito movimiento el cuchillo se enterró en el blanco. Ella lloraba aterrorizada y miraba de reojo el cuchillo clavado en la almohada a un centímetro de su cara. Me reí.
En ese momento hice lo posible por detener a Alfred, pero fue como si tratara de parar a un tren con mis manos. Me quité la ropa y la poseí. La poseí mientras ella lloraba. La poseí como un animal sólamente sexual que no piensa en mada más aparte de eso. Al cabo de un rato, me levanté, le di un beso en la frente y le dije al oído…
Frank – Por hoy basta… pero mañana te agarro y te descoso, Pampita 1:8
La tapé hasta el mentón con la sábana y me alejé de la cama. "No te gustó? Me vas a decir que no te gustó!", se jactaba Alfred. "Sigh... lo ideal hubiese sido que ella estuviese de acuerdo...", le contesté. "Oh, qué aburrido que sos!", disparó.
Ahora, como seis horas después, estoy cocinando mientras escucho sus sollozos y sus gemidos. La quiero liberar, pero sé que no puedo. Se me vendrían miles de problemas encima si la dejo ir. Así que subo. Agarro nuevamente el cinto y mientras me mira despavorida, lo ciño alrededor de su cuello. Observo por última vez esos ojos hermosos antes de que se cierren para siempre. Y siento que una lágrima me moja la mejilla. "Tengo un serio problema", pienso y le saco el cinto del cuello. La desato, la visto. Y me dispongo a deshacerme del cuerpo.
Frank – Me mata, boludo, es hermosa
Tata – Es una muñequita
Enano – Esa es?
Frank – Esa es Pampita 1:8
Enano – Está buena
Frank – Tiene la cara de Pampita, bolo
Enano – Puede ser…
Tata – Ojo que se nos pone violín el Fran
Enano – Jajaja
Frank – No me lo digas dos veces…
Para qué!? Alfred estaba distraído en mi mente hasta que escuchó la palabra violín. Al instante vino a mi consciente.
Alfred – Qué dijeron por ahí?
Frank – Nada! No dijimos nada!
Alfred – Dale, si escuché bien que dijeron violín
Frank – Ahora también eso? No conforme con los homicidios ahora querés violar a Pampita 1:8???
Alfred – Jejeje. No te das cuenta de que represento tu Ello? Todos tus deseos ocultos e instintos representados por mí. Y yo te otorgo el placer de poder concretar esos deseos, de obedecer a esos instintos
Frank – No… No, eso no
Alfred – Tarde…
Después de eso perdí el control. No le pude quitar los ojos de encima en toda la tarde. En un momento vi que ella tenía dificultades con un ejercicio y me acerqué a ayudarla. Aproveché la oportunidad para entablar conversación. Averigüé que su nombre era Carola. También supe que vivía cerca de casa, lo cual fue el detonante que disparó a Alfred.
Frank – Uh, vivís re cerquita de casa
Pampita 1:8 – En serio? Qué casualidad!
Frank – Si querés después nos vamos juntos, te acerco con el auto
Pampita 1:8 – Dale, estaría genial, salgo re cansada de acá
Frank – Listo, nos vamos juntos
Alfred reía a carcajadas en mi mente. “Ya vas a ver qué bien la vamos a pasar”, rugió.
Al rato, cuando ya habíamos terminado el entrenamiento, nos fuimos. Subió muy confiada al auto, sin saber lo que le esperaba. Arranqué y me dirigí hacia casa. Cuando vio que no iba en el camino que me indicaba, empezó a inquietarse. “A dónde vamos?”, inquirió aterrada casi. “Ya vas a ver…”, fue mi respuesta, y le apreté la nuca dejandola inconsciente. Llegué a casa. La bajé dificultosamente y la llevé a la habitación.
Cuando despertó se encontró amarrada a la cama. No llevaba puesto nada más que la ropa interior. Yo, parado al lado de la cama, la miraba con lujuria. Ella empezó a sollozar.
Frank – Así lo hacés más interesante…
Carola – No me hagás nada, por favor. Por favor…
Frank – Vamos a ver…
Sus ojos miraron con terror desorbitante cuando la daba vuelta en la cama dejandola boca abajo. Busqué un cinto. Comenzó a llorar desconsoladamente, "No, por favor, no… no me hagás nada, por favor…”, suplicaba. Levanté el brazo que asía el cinto. De un relampagazo el brazo bajó, llevando consigo el cinto que chasqueó estridentemente en sus nalgas. Gritó de dolor y gritó de miedo. Una vez más se levantó el brazo, una vez más el relampagazo y una vez más el chasquido.
Carola – Basta! Por favor, basta!!
Frank – Dale, suplicá y llorá que así es más lindo
Dos veces más chasqueó el cinto en su piel. Mientras lloraba y pedía por favor la di vuelta otra vez. Acto seguido, salí de la habitación. Cuando volví, traía todos los elementos: cera caliente, un repasador y un cuchillo. Tomé el jarro con cera y empecé a verterla sobre su estómago, sus gritos eran como éxtasis para mí. Gritaba más por el pavor que por el dolor, pero era igual para mí en esas circunstancias. "Dale, gritá nenita, gritá”. Me complació un rato, yo la escuchaba. Después de sentirme satisfecho, improvisé con el repasador una mordaza sobre su perfecta boca.
El cuchillo se vio pegado a la palma de mi mano por la fuerza con que lo sujetaba. Empecé a dibujar sobre su cuello, su pecho y su vientre dibujos que sólo yo veía mientras sus lágrimas mojaban su pelo. De repente, icé el cuchillo sobre su cara, sus ojos se abrieron del todo ante la inminente caída del filo. Lo levanté aún más y con un súbito movimiento el cuchillo se enterró en el blanco. Ella lloraba aterrorizada y miraba de reojo el cuchillo clavado en la almohada a un centímetro de su cara. Me reí.
En ese momento hice lo posible por detener a Alfred, pero fue como si tratara de parar a un tren con mis manos. Me quité la ropa y la poseí. La poseí mientras ella lloraba. La poseí como un animal sólamente sexual que no piensa en mada más aparte de eso. Al cabo de un rato, me levanté, le di un beso en la frente y le dije al oído…
Frank – Por hoy basta… pero mañana te agarro y te descoso, Pampita 1:8
La tapé hasta el mentón con la sábana y me alejé de la cama. "No te gustó? Me vas a decir que no te gustó!", se jactaba Alfred. "Sigh... lo ideal hubiese sido que ella estuviese de acuerdo...", le contesté. "Oh, qué aburrido que sos!", disparó.
Ahora, como seis horas después, estoy cocinando mientras escucho sus sollozos y sus gemidos. La quiero liberar, pero sé que no puedo. Se me vendrían miles de problemas encima si la dejo ir. Así que subo. Agarro nuevamente el cinto y mientras me mira despavorida, lo ciño alrededor de su cuello. Observo por última vez esos ojos hermosos antes de que se cierren para siempre. Y siento que una lágrima me moja la mejilla. "Tengo un serio problema", pienso y le saco el cinto del cuello. La desato, la visto. Y me dispongo a deshacerme del cuerpo.
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